El mueble más grande de Latinoamérica queda en el norte de Bogotá

Sobre la carrera 29, a una cuadra de la calle 80, hay una construcción de madera enorme. Es una cajonera de seis pisos que tiene unos tres metros de ancho y se alza sobre una cuadra común y corriente del barrio Santa Sofía, en el norte de Bogotá. Tiene un par de patas talladas y ocho cajones, cada uno con su manija de hierro.

El edificio atrae tanto a clientes que quieren comprar muebles como a turistas que solo desean tomarse fotos. Todos los transeúntes que pasan en frente de la cajonera sienten, cuando menos, curiosidad.

Su construcción se ejecutó entre abril y octubre del año pasado. “En total ayudaron unas 40 personas”, dice Sandra Holguín, una de las propietarias de Casa Quinta, el negocio de muebles que tiene su título en la cajonera. Entre los que ayudaron a levantarla había carpinteros, arquitectos, maestros de obra y pintores de madera.

Al final de la construcción, Sandra y su esposo, Juan Vargas, hicieron un asado para celebrar el fin de la hazaña. Habían terminado de hacer una estrategia de marketing descomunal.

Textualmente descomunal, porque es un mueble de más de diez metros de alto, hecho con tiras de madera de doce centímetros que se pusieron una sobre la otra hasta componer un muro compacto.

El material que escogieron fue el granadillo, porque es resistente a las inclemencias del clima y, a la vez, una de las maderas más densas del mundo.

Todo el mueble está hecho con esa madera, excepto las patas, que son de cedro, un material menos duro, más maleable, y cuya función, por cierto, no es estructural, sino decorativa. Sandra dice que desde siempre tuvo un gusto por este tipo de diseños, pues está en el negocio desde que tenía 18 años.

“En esa época exportaba a Costa Rica. Fue en este negocio que conocí a mi esposo. Él era el que me fabricaba los muebles”, recuerda Sandra. A ambos los unía que en sus familias abundaban los ebanistas. El papá de Sandra es carpintero y, del lado de Juan, son sus hermanos los que ejercen el oficio.

Decidían si hacían un mueble cuadrado o si le ponían cajones en vez de puertas o si las patas debían ser onduladas en vez de cuadradas. Y, aunque contrataron a una diseñadora que demoró cinco meses trabajando en una propuesta, el resultado no les gustó.

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Tuvieron que hacer el diseño por su cuenta. “Al comienzo estábamos pensando en una silla, pero nos dimos cuenta de que no quedaba bien para un edificio. Entonces mi esposo empezó a dibujar y dibujar. Finalmente llegó a una cajonera”, explica Sandra.

Siempre les gustó llamar la atención de la gente. A las ferias de muebles y de accesorios para el hogar llevaban sillas enormes que atraían el interés del público.

Pero otras empresas empezaron a copiarles los diseños. Después de un tiempo, comenzaron a ver sus propios muebles en otros almacenes.

Sandra se queja de que el mercado absorbe con facilidad la creatividad de las personas, que el esfuerzo que hace alguien que se dedica a innovar no se compara con el que hacen los que se dedican a imitar. “Nosotros queríamos que la gente se diera cuenta de que la forma de diseñar era nuestra, que fuera algo que no se pudiera copiar”, explica Sandra.

Fue entonces cuando decidieron hacer el que ellos llaman, tal vez sin muchas pruebas, el mueble de madera más grande de Latinoamérica.

Con información de: www.eltiempo.com

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